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viernes, 31 de octubre de 2014
viernes, 11 de noviembre de 2011
The true story of the mermaid- La verdadera historia de la sirenita
Como dicen en mi pueblo, ya que estamos en el baile: "sigamos bailando" , asi que continuaremos concon la saga de las "princesas" que la multinacional pirata Disney a comercializado. Esta historia no pertenece a los hermanos Grimm, sino a otro excelente escritor el danés Hans Christian Andersen, la obra en danés se llama " Den lille havfrue", obvio que ni se les ocurra preguntarme como se pronuncia. Fue publicado por primera vez el 7 de abril de 1837.Bueno aqui les dejo un pequeño resúmen de esta historia adaptada por Disney. Ahhh como no soy tan bueno les adelanto que tiene un triste final. muahahahmuahahaha En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.
La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.
-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!
-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.
-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le di un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.
-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!” La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.
Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.
-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...
La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento, fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.
-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.
La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás suyo, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
-¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo sentirás un terrible dolor.
-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!
¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.
-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.
-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?
Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.
-Te llevaré al castillo y te curaré.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:
-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.
-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.
Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez. Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.
DarkWolf
miércoles, 9 de noviembre de 2011
La verdadera historia de Rapunzel
No hay dos sin tres; asi que seguimos con esta saga de las famosas "princesas" de la multinacional pirata Disney. Los hermanos son realmente geniales, recopilando las tradiciones que caian a sus oidos.
Bueno a modo de introduccion les dire que en la historia original de los Hermanos Grimm, la madre de la niña tiene un antojo terrible de «Rapunzel» en pleno embarazo, y por este motivo el padre baja al huerto a robar unos cuantos. Después, la bruja llama así a la recién nacida. Un «rapunzel» en alemán es lo mismo que en español se conoce como «rapónchigo», es una hortaliza comestible por sus raíces que tienen forma de nabo. (joder, al final nos reimos de nombres como inocencio, nemesio, etc y resulta que bautizan a una niña como Hortaliza??, es de no creer se que todos conocemos a muchos "nabos" o "zanahorias" pero no se llaman asi, no es cierto?
Bueno he aqui la adaptacion de la historia de esta niña de larga cabellera....
Una pareja que quiere un hijo vivía al lado de un jardín rodeado de paredes que pertenece a una hechicera. La esposa finalmente embarazada, nota algunos rapunceles plantados en el jardín, y los anhela hasta la muerte. Su marido decide ir a juntar algunos para ella y termina enfrentándose con la hechicera, la Dama Gothel, quien lo acusa por robo. Él le ruega piedad, entonces la hechicera le da algunos rapunceles para que se los lleve a su casa con la condición de que el hijo que esta esperando su esposa le sea entregado al momento de su nacimiento. Él acepta. El bebé nace, la hechicera aparece, le designa el nombre de Rapunzel y se la lleva. Cuando Rapunzel cumple doce años, la Hechicera la encierra en una torre en el medio del bosque. La Dama Gothel iba a visitarla todos los días y le pedía que deje su largo cabello dorado caer, para luego trepar hasta la torre. («Rapunzel, Rapunzel, deja tu pelo caer, así puedo trepar la escalera dorada»). Un día, el hijo del Rey escucha a Rapunzel cantando en la torre, busca una puerta, pero termina por marcharse sin encontrar ninguna forma de entrar.
Vuelve seguido a escucharla cantar, hasta que un día pudo ver a la hechicera visitando a Rapunzel, y de esta manera aprendió cómo llegar hasta Rapunzel. Le pidió que deje caer su cabello, subió hasta donde estaba ella y le propuso matrimonio. Ella aceptó. Juntos planean una forma de sacarla de la torre: él irá todas las noches, evitando a la hechicera que la visita de día, y llevará seda, con la que Rapunzel tejerá hasta formar una escalera.
La hechicera descubre que el hijo del Rey está visitando (visitando solo??) a Rapunzel, lo que la lleva a cortarle el pelo a Rapunzel y dejarla en el medio de un campo desierto. Cuando el hijo del Rey llegó la noche siguiente, la hechicera se ocupó de bajar las trenzas hasta donde estaba él. Cuando el hijo del Rey se encontró con la hechicera en la torre, ella le dice que jamás volverá a ver a Rapunzel.
Él, desesperado, salta de la torre, quedando ciego por las espinas que había abajo. Deambuló por algunos años antes de escuchar la voz de Rapunzel, y la encuentra a ella con mellizos en brazos (jjjaaa, seran del principe o de los siete enanos??). Las lágrimas de Rapunzel le devuelven la vista, y él la lleva a su reino, donde viven felices para siempre jamás. La verdad me emocioné mucho, pero sigo con la duda, ¿los gemelos? son del principe o de los siete enanos?
Dark Wolf
lunes, 7 de noviembre de 2011
La verdadera historia de Cenicienta -
"La verdadera historia de Cenicienta"
Bueno aca continuamos con otra historia para chicos en su version original para adulto. Recordemos que estas historias fueron posteriormente adapatadas para los niños por parte de los talentosos Hermanos Grimm. La historia adaptada y resumida seria esta.
La
esposa de un hombre rico se enfermó y cuando sintió que su fin estaba
cerca, llamó a su única hija junto a su lecho de muerte y le dijo:
"querida hija, debo irme, pero cuidaré de ti desde el cielo. Te ayudaré
cuando me necesites. Solo mantente piadosa y buena". Cuando dijo esto,
cerró los ojos y murió.
La niña iba a la tumba de su madre todos los
días, y se mantuvo buena y pía. Llegó el invierno y la tumba se puso
blanca de nieve; para cuando la primavera derritió la nieve, el hombre
rico ya se había casado con otra mujer.
Ella trajo dos hijas a la
casa, junto con ella. Eran lindas, con lindas caras, pero malvadas y de
corazón sombrío. Los tiempos se pusieron muy malos para la pobre
hijastra.
Qué hace esta inútil en el mejor cuarto de la casa, dijo la
madrastra, que se vaya a la cocina. Y si quiere comer, tiene que
ganárselo, que sea nuestra sirvienta.
Le quitaron sus bonitos ropas y
le dieron a cambio un viejo vestido gris y unos zapatos de madera,
burlándose de ella, llevándola a la cocina. La pobre niña tuvo que hacer
los trabajos más difíciles; tenía que levantarse antes del amanecer,
cargar agua de la fuente, hacer el fuego, cocinar y lavar. Para colmo de
males, sus hermanastras la ridiculizaban, y mezclaban alverjas con
lentejas en las cenizas, y ella tenía que pasar todo el día
escogiéndolas. En la noche, cuando estaba cansada, no había cama para
ella y tenía que echarse junto a la chimenea, en las cenizas. Porque
siempre andaba sucia de polvo y ceniza, la empezaron a llamar
Cenicienta.
Un día el padre se iba a ir a la feria del pueblo, y preguntó a las hijastras qué cosa querían que les trajera.
-Lindos vestidos, dijo una
-Joyas y perlas, dijo otra
- ¿Y tú Cenicienta, qué cosa quieres?
- Padre, tráeme la primera ramita que roce tu sombrero a la hora del regreso.
Así,
el padre compró lindos vestidos, perlas y joyas para sus hijastras. En
el camino de regreso a casa, mientras cabalgaba por una quebrada, una
rama de avellano le rozó la cabeza, echando a volar su sombrero.
Entonces rompió la rama y la llevó con él a casa. Dio los regalos a las
hijastras, y a Cenicienta le dio la ramita cortada.
Cenicienta le
agradeció, y fue a la tumba de su madre. Ahí plantó la ramita, y lloró
tanto que sus lágrimas cayeron sobre ella y la regaron. La ramita creció
y se convirtió en un bello árbol.
Cenicienta iba a su árbol tres
veces al día, para llorar y rezar. Una paloma blanca se paraba cada vez
en el árbol, y cada vez que Cenicienta pedía un deseo, la paloma le
alcanzaba lo que ella había pedido.
Entonces, por esos tiempos,
sucedió que el rey anunció una gran fiesta de tres días, con baile,
donde el príncipe escogería una novia entre todas las chicas que fuesen
invitadas. Cuando las dos hermanastras escucharon que ellas habían sido
invitadas, se alegraron mucho.
Llamaron a Cenicienta y le ordenaron:
-Cenicienta, péinanos. Lustranos los zapatos y ponnos cintas en el pelo. Nos vamos al baile en el palacio del rey.
Cenicienta obedeció, pero llorando, porque ella también quería ir a la
fiesta. Le rogó a la madrastra que le diera permiso para ir.
- Tú,
Cenicienta? dijo la madrastra. Tú? Toda sucia y cubierta de polvo, tú
quieres ir al baile? No tienes ni zapatos ni vestido, y así todavía
quieres bailar!
Ya que Cenicienta seguía insistiendo, la madrastra
le dijo:
-He esparcido una vasija de lentejas entre las cenizas para
ti. Si las puedes recoger en dos horas, puedes ir con nosotras.
La muchacha fue al patio y llamó: Palomas, palomitas, todos ustedes pajaritos que vuelan bajo el cielo, vengan y ayúdenme! Las buenas a la olla, las malas al fogón
Dos
palomitas blancas entraron por la ventana de la cocina, y las palomas
torcazas, y las cuculís y todos los pajaritos del cielo entraron
chillando y picoteando entre las cenizas. Movían sus cabezas y picaban,
picaban, picaban. Todas las aves empezaron a picar, picar, picar.
Pusieron todos las buenas lentejas en la olla. No se les escapó ni una.
La
muchacha llevó la olla donde la madrastra, y estaba feliz, pensando que
ahora le permitirían ir al baile.
Pero la madrastra dijo: -No
Cenicienta, no tienes ropa, y no saabes bailar. Todos se van a reír de
ti.
Cenicienta empezó a llorar, y cuando la madrastra dijo: puedes ir
si eres capaz de recoger dos tazones de lentejas de entre la ceniza
para mí, en una hora.- La madrastra pensaba que Cenicienta nunca podría
hacerlo.
La muchacha fue otra vez al patio y llamó: Palomas,
palomitas, todos ustedes pajaritos que vuelan bajo el cielo, vengan y
ayúdenme! Las buenas a la olla las malas al fogón
Dos
palomitas blancas entraron por la ventana de la cocina, y las palomas
torcazas, y las cuculís y todos los pajaritos del cielo entraron
chillando y picoteando entre las cenizas. Movían sus cabezas y picaban,
picaban, picaban. Todas las aves empezaron a picar, picar, picar.
Pusieron todos las buenas lentejas en la olla. No se les escapó ni una.
La
muchacha llevó la olla donde la madrastra, y estaba feliz, pensando que
ahora sí le permitirían ir al baile. Pero la madrastra dijo:
- De ninguna manera. No vas con nosotras, porque no tienes vestidos y porque no sabes bailar. Nos llenarías de verguenza!
Al decir esto, le dio la espalda a Cenicienta y partió con las dos altaneras hermanastras al baile. En ese momento, cuando no había nadie más en la casa, Cenicienta fue hacia la tumba de su madre, bajo el gran avellano, y llamó: menéate, sacúdete, arbolito de avellano
dame oro dame plata, meneate por mi
Entonces la paloma le arrojó un vestido de oro y plata, y unos lindos
zapatos de seda y plata. Rápidamente Cenicienta se puso el vestido y
partió al baile.
Sus hermanastras y la madrastra no la reconocieron.
Pensaron que era una princesa extranjera, porque se veía tan bonita en
su vestido dorado. Nunca se iban a imaginar que era Cenicienta, porque
pensaban que ella estaba envuelta en el polvo de la casa, buscando
lentejas entre la ceniza de la chimenea.
El príncipe se le acercó, la
tomó de la mano y bailó con ella. Después no quiso bailar con ninguna
otra. Nunca le soltó la mano, y si alguien venía a pedirle a Cenicienta
para bailar con ella, el contestaba: es mi pareja de baile.
Bailaron
hasta muy tarde, y Cenicienta quiso volver a casa.. Pero el príncipe le
dijo: iré contigo, yo te acompañaré", porque quería ver donde vivía la
linda chica. Sin embargo, ella se escabulló y se escondió en el palomar.
El príncipe esperó hasta que llegó el padre, y le contó que la chica
desconocida había saltado dentro del palomar.
El viejo pensó, ¿se tratará de Cenicienta?
Hizo
que trajeran un hacha y derribó el palomar, pero no había nadie
adentro. Cuando entraron a la casa, Cenicienta estaba echada en las
cenizas, vestida con sus viejas ropas. Un lamparín ardía en la
habitación. Cenicienta había saltado rápidamente del palomar y había
corrido al avellano. Ahí se sacó el lindo vestido y lo dejó sobre la
tumba, y las aves se lo llevaron otra vez. Se vistió con su camisón gris
y regresó a sus cenizas en la cocina.
Al día siguiente, cuando el
baile empezó otra vez, y sus padres y hermanastras habían partido otra
vez, Cenicienta fue al avellano y cantó: menéate, sacúdetearbolito de avellana
dame oro dame plata meneáte por mí
Y
los pajaritos le tiraron un vestido todavía más bonito que el del día
anterior. Cuando Cenicienta apareció en el baile con ese vestido, todo
el mundo estaba impactado por su belleza. El príncipe había esperado a
que ella viniera, e inmediatamente la tomó de la mano y bailó solamente
con ella. Cuando otros venían a pedirle que bailara con ellos, él decía:
ella es mi pareja de baile
Cuando se hizo tarde, Cenicienta quiso
irse. el príncipe la siguió, queriendo descubrir a qué casa se dirigía.
Pero ella se escapó de él y entró al jardín detrás de la casa, donde
había un hermoso árbol de peras. Ella trepó tan ágilmente como una
ardilla entre las ramas, y el príncipe no supo adonde se había ido.
Esperó hasta que vino el padre, y le dijo: la muchacha desconocida se
escapó de mí, y creo que se ha trepado al peral
El padre pensó, ¿se tratará de Cenicienta?
Hizo
que trajeran un hacha y derribó el árbol, pero no había nadie en él.
Cuando entraron a la cocina, Cenicienta estaba echada en las cenizas,
como de costumbre, ya que había saltado del otro lado del árbol y había
corrido para devolver el vestido a la paloma en el avellano y vestirse
nuevamente con su camisón gris.
Al tercer día, cuando sus padres y
hermanas de se habían ido, Cenicienta acudió otra vez a la tumba de su
madre y le cantó al árbol: menéate, sacúdete arbolito de avellana dame oro dame plata, meneáte por mí
Esta
vez la paloma le tiró un vestido que era todavía más bello y
deslumbrante que cualquiera que hubiera tenido antes, y los zapatos eran
de oro puro. Cuando llegó al baile con su vestido, todos se quedaron
atónitos sin saber qué decir. El príncipe solamente bailó con ella, y
cuando cualquiera se acercaba a pedirle un baile, él les decía: ella es
mi pareja de baile.
Cuando se hizo tarde, Cenicienta quiso irse, y el
príncipe trató de acompañarla, pero ella se escapó tan rápidamente de
él que no pudo seguirla. El príncipe, sin embargo, le había puesto una
trampa. Había derramado resina por toda la escalera. Cuando ella bajó,
dejó su zapato izquierdo pegado en un escalón. El príncipe lo recogió.
Era pequeño y delicado, de oro puro.
A la mañana siguiente, llevó el
zapato donde el padre y le dijo: "Nadie será mi esposa, excepto aquella a
la que le calce perfectamente este zapatito de oro".
Las dos
hermanas se pusieron contentas al escucharlo, porque tenían bonitos
pies.Al lado de su madre, la hermana mayor se llevó el zapatito a su
habitación para probárselo. No pudo meter su gran dedo gordo en él, ya
que el zapato era muy chico para ella. Entonces la madre le dio un
cuchillo y le dijo: "córtate el dedo gordo. Cuando seas reina no tendrás
que caminar más".
La chica se cortó el dedo gordo, metió su pie y se
aguantó el dolor. Así, salió con el príncipe, que la montó a la grupa
del su caballo como si fuera su novia. Sin embargo, mientras estaban
pasando por la tumba, ahí, en el avellano, estaban dos palomas que
cantaban:
Oyelo oyelo bien, hay sangre en su pie, el zapato le aprieta, la novia está chueca
Entonces
el le miró el pie y vio como la sangre estaba chorreando. Dio la vuelta
a su caballo y trajo a la falsa novia a su casa otra vez, diciendo que
no era la indicada, y que la otra hermana debía probarse el zapatito.
Ella se fue a su cuarto y metió perfectamente los dedos en el zapato,
pero no le entraba el talón porque lo tenía demasiado grande.
Entonces la madre le dio el cuchillo y le dijo: "corta un poco de tu talón, cuando seas reina ya no tendrás que caminar".
La
chica se cortó un pedazo de talón, metió el pie al zapatito, se aguantó
el dolor, y salió con el príncipe. El la montó a la grupa del caballo
como si fuera su novia. Cuando pasaron bajo el avellano, las dos palomas
sentadas, cantaron: Oyelo oyelo bien, hay sangre en su pie
el zapato le aprieta, la novia está chueca
Entonces el le miró el pie y vio como la sangre estaba chorreando
manchando sus medias blancas de rojo. dio la vuelta a su caballo y trajo
a la falsa novia a su casa.
Esta no es la indicada tampoco, dijo. NO tienes otra hija?
No, dijo el padre. Solo hay una contrahecha y pequeña Cenicienta, hija
de mi primera esposa, pero ella no creo que sea la novia.
El príncipe le dijo que se la mandara, pero la madre respondió: "Oh no, ella está muy cochina. No la puede ver".
Pero
el príncipe insistió y tuvieron que llamar a Cenicienta. Ella primero
se lavó las manos y la cara, y después fue y se inclinó frente al
príncioe, quien le dio el zapatito de oro. Cenicienta se sentó en un
banquito, se sacó sus pesados chanclos de madera y se puso el zapatito.
Le quedaba perfecto.
Cuando se paró, el príncipe la miró a los ojos y
reconoció a la hermosa joven que había bailado con él. El gritó "ella
es mi verdadera novia".
La madrastra y las dos hermanas estaban
horrorizadas y se pusieron pálidas de la ira. El príncipe no les hizo
caso y montó a Cenicienta en la grupa de su caballo y partió con ella.
Cuando pasaron bajo el avellano, las dos palomas blancas cantaron:
Oyelo oyelo bien, no hay sangre en su pie, el zapato no aprieta,la novia es perfecta
Después
de cantar esto, las dos palomas volaron y se posaron en los hombros de
Cenicienta, una en el derecho, la otra en el izquierdo, y permanecieron
ahí.
Cuando se iba a celebrar la boda con el príncipe, las dos falsas hermanas llegaron, buscando congraciarse con Cenicienta y compartir su buena fortuna. Cuando la pareja nupcial entró a la iglesia, la hermana mayor caminaba a su lado derecho, y la menor a su lado izquierdo. Las palomas le sacaron un ojo a cada una de ellas. Más tarde, cuando la pareja salió de la iglesia, la mayor estaba al lado izquierdo, y la menor al derecho; entonces las palomas les picaron el otro ojo a cada una de ellas. Y así, por su maldad y falsía, las hermanastras fueron castigadas con la ceguera por el resto de sus vidas.
Cuando se iba a celebrar la boda con el príncipe, las dos falsas hermanas llegaron, buscando congraciarse con Cenicienta y compartir su buena fortuna. Cuando la pareja nupcial entró a la iglesia, la hermana mayor caminaba a su lado derecho, y la menor a su lado izquierdo. Las palomas le sacaron un ojo a cada una de ellas. Más tarde, cuando la pareja salió de la iglesia, la mayor estaba al lado izquierdo, y la menor al derecho; entonces las palomas les picaron el otro ojo a cada una de ellas. Y así, por su maldad y falsía, las hermanastras fueron castigadas con la ceguera por el resto de sus vidas.
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